Por Nietzche
Los recientes y lamentables
hechos ocurridos en la capital del país me impulsaron a volver a escribir, a
retomar la palabra para liberar el espíritu. Esta vez, de tanta indignación y
repudio, pero a la vez de una reflexión construida a partir de charlas con
personas allegadas que con sus aportes me han hecho llegar a conclusiones tan
obvias como desapercibidas pero que debe marcar nuestro pensamiento y trasegar
en momentos en que, como en estos días y a través de atentados bárbaros y
miserables contra la población civil, personas oscuras (no he encontrado otro
calificativo válido para el momento) intentan alterar nuestra calma y retomar
el control de nuestro vivir con el miedo, con la zozobra. Nace pues, esta
reflexión que quiero compartir con todas y todos aquellos que estén interesados
o intrigados por leerla.
Entiendo que la situación del
país no es la mejor, que aún vivimos una violencia política sin sentido en la
cual llevamos más de 100 años de batalla, en la que solo hemos cambiado el
nombre de victimarios pero cuyas víctimas siguen siendo las personas de a pie,
el pueblo, la población civil inocente. Pero a pesar de esto, muchos habíamos
(me incluyo) entrado en una especie de estado de letargo ante la problemática
que se continuaba viviendo fuera de nuestras aparentemente seguras ciudades.
Nos sentimos cómodos y seguros en nuestros bastiones de concreto, en nuestros
castillos urbanos desde los cuales nos jactábamos diciendo “la violencia se
está acabando”, “acabamos con las FARC”, “la seguridad ha vuelto”. ¿De dónde
sacamos esas afirmaciones? ¿Acaso nos las vendieron los medios de comunicación
para elevar la percepción de seguridad en las zonas urbanas y mejorar las
encuestas? ¿De dónde sacamos que el único problema o el único actor de
conflicto eran las FARC? ¿Por qué olvidamos que en nuestro país,
históricamente, se acaba un grupo violento de X corriente solo para dar paso a
dos de la corriente Y? ¿Nuestra memoria es tan corta que no recordamos la
violencia del narcotráfico en los años 80?. Que mal estábamos. Que dormidos.
Incluso el Estado se durmió en sus laureles y en sus encuestas y estadísticas
infladas por los medios para mejorar la confianza inversionista y entregar a
los ciudadanos una aparente calma, un parte de tranquilidad y prosperidad. Y no
es que diga que el Estado tenía que seguir “dando plomo” como se dice que se
hizo en los últimos ocho años, inflando los presupuestos de defensa para
mantener un pie de fuerza exagerado para el
tamaño de nuestro país e incluso para nuestros índices de violencia pero
insuficiente para los gobiernos que solo piensan en la solución armada desde
hace más de un siglo y la cual solo nos ha mantenido en un círculo vicioso de
sangre y dolor que cobra principalmente la vida de quienes no lo quieren más:
los civiles inocentes. Por supuesto que, como muchos compatriotas últimamente, he
modificado mi pensamiento hacia una visión más pacifista y optimista; no quiero
ver más compatriotas enfrentándose en las selvas por culpa de los intereses
mezquinos de unos pocos a quienes les conviene mantener esta violencia absurda.
Pero me desvío un poco del tema
central de este escrito. Un breve análisis a lo que puede representar para todo
el país el atentado terrorista en Bogotá y el intento de otra bomba horas antes
en la misma ciudad; y, lo que debería generar en todos y cada uno de los
colombianos hechos tan repudiables y lamentables.
En primer lugar es necesario
liberar nuestro pensamiento del odio y el rencor. Suena raro comenzar por esto
ante una visión caótica, ensangrentada y dolorosa como la que nos vendieron los
medios con imágenes de nuestros compatriotas heridos y la destrucción provocada
por el artefacto explosivo; pero creo que ya es hora que, como una supuesta
sociedad civilizada y evolucionada, entendamos que la violencia solo genera más
violencia, que el odio que se responde con odio solo dejará más muerte y dolor;
y que, el rencor solo prolongará el resentimiento y el dolor en el tiempo y las
generaciones venideras. Entonces, retomando, liberemos el corazón de las
emociones humanas primarias que genera la violencia; ahora bien, enmarquemos
los sucesos en un contexto un poco más racional, sin desconocer por ello su
carácter trágico y doloroso, pero viendo que ese es el objetivo de los autores
de estas barbaries: generar odio, violencia, rencor, miedo. Miedo es la
palabra, terror, sensación de inseguridad. El arma más antigua conque ha
contado el ser humano para manipular y subyugar al mismo ser humano: el Miedo.
Se dice que la historia nos ha permitido evolucionar, aprender de nuestros
errores convertirnos cada vez más en una
sociedad más civilizada, tolerante y progresista. Yo digo que eso es una gran
mentira. Si analizamos con un poco de cuidado la historia, solo la técnica ha
cambiado, los métodos sin embargo se mantienen en un ciclo de miedo que pasa la
batuta entre grupos de personas que se han designado, quién sabe bajo que
criterio, como los dueños del mundo, y nos han dejado al resto, la gran mayoría
de la humanidad, las sobras de lo que consumen o simplemente los despojos de lo
que no quieren. El miedo ha sido el arma con la que desde gobiernos legalmente
constituidos hasta grupos de personas, que llamaremos “malas” para no entrar en
detalles, han utilizado para cumplir sus fines egoístas de poder y riqueza
material. Y eso es lo que se pretende con acciones criminales como las que
volvemos a presenciar. Grupos oscuros pretenden menguarnos nuevamente porque junto
con esa aparente seguridad que nos estaba vendiendo, comenzábamos a recuperar
la confianza en nosotros mismos, la fuerza para hablar, para disentir, para
controvertir, para argumentar. Por eso ante hechos como estos no se debe bajar
la cabeza, sin que esto se entienda como un llamado a la beligerancia; por el
contrario, se debe permanecer estoicamente en el lado de la paz, en un “No Más
Violencia” y comenzar a llevarlo a la práctica. No debemos permitir que la
zozobra gane, no podemos retroceder en las cosas que de una u otra forma hemos
ganado. No podemos permitir que nos arrebaten la independencia de pensamiento
ni la tolerancia y el respeto por el prójimo que hemos logrado cultivar.
Quiero, entonces, terminar esta catarsis mental, citando una frase que muchos
hemos escuchado en la voz de un gran colombiano que murió convencido que la paz
solo se logra con paz y no con balas; Jaime Garzón Forero, “Nadie podrá
llevar por encima de su corazón a nadie ni hacerle mal en su persona aunque
piense y diga diferente”; a eso se resume la que debe ser nuestra
reacción de repudio ante la barbarie del terrorismo, decía Jaime, que bonito
sería sí cada uno, tomara esta sencilla frase y la aplicara día a día; y yo
digo, podemos hacerlo comenzando desde nuestra casa, desde nuestro trabajo,
desde que nos levantamos hasta que volvamos al lecho de descanso a recobrar
fuerzas; en el trato con nuestros hijos, padres, esposas, esposos, compañeros
de trabajo, amigos, conocidos, el señor conductor del transporte público, la señora
que colabora con los oficios domésticos, la persona que se sienta junto en el
bus, todos somos seres humanos y somos diferentes y esa diferencia es una de
las cosas que hace la vida un bien tan valioso. Tolerancia y respeto el resumen
de esta verborrea que espero no los haya aburrido mucho.
Espero que el afán de escribir
vuelva pronto para encontrarme con la oportunidad de realizar otra catarsis
mental como esta; y lo más importante, poderla compartir con todos pues de las
diferencias de opinión se enriquece el pensamiento de todos.

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