sábado, septiembre 18, 2010

"MAKE NOT YOUR THOUGHTS YOUR PRISONS"


Quisiera comenzar esta entrada citando a manera de título las célebres palabras que Shakespeare en su obra "Antonio y Cleopatra" pone en boca de Cesar: "NO TE CONSTRUYAS UNA CARCEL CON TUS PENSAMIENTOS".

Hemos caido en el mundo moderno de la misma forma a como un animal cae en una trampa, es decir, sin darnos cuenta.

Para que mis palabras no se presten a la confusión aclaro que entiendo por mundo moderno todo ese cúmulo de males que nos han venido en lo religioso por Lutero, en lo filosófico por Descartes y en lo político por Rousseau. Tres nombres que son tres desgracias, tres bocas que proclamaron tres independencias.

Lutero representa el subjetivismo en lo religioso. Rechaza la legítima autoridad eclesiástica en materias de fé y moral; y traslada esta autoridad al individuo haciendo de cada persona árbitro de sus creencias y de su conducta. A partir de este momento se multiplican al infinito las "iglesias" y se desborda la inmoralidad más vergonzosa, pues ya nadie podrá decirle a su vecino que lo que hace está mal, pues según Lutero ambos poseen igual derecho a levantar sus propios sistemas.

Descartes representa el subjetivismo en lo filosófico. Proclama la primacia del pensamiento por sobre la realidad y se precipita en el idealismo. Sistema según el cual no conocemos la realidad de las cosas sino sólo nuestros pensamientos; y aunque Descartes no se atreve a extraer todas las consecuencias de semejante premisa, sus sucesores si lo harán y llevarán al idealismo al paroxismo irresponsable de los alemanes con Kant y Hegel a la cabeza.

Rousseau representa el subjetivismo en lo político. Este autor entroniza el sentimentalismo y con su mito del "buen salvaje" busca demoler la concepción tradicional de la sociedad para levantarla luego sobre un absurdo y quimérico "contrato social" que sólo existe en la mente enferma de este francés "ilustrado".

A partir de Rousseau las sociedades han buscado construirse de espaldas a la historia, de espaldas al derecho consuetudinario de los pueblos, de espaldas a la ley natural, de espaldas a la ley de Dios, de espaldas a todo aquello que no haya brotado del hombre mismo, de su más férrea subjetividad.

Tres desgracias que han construido el mundo que llamamos moderno, y en el cual como en una trampa, caimos sin darnos cuenta.

Hemos querido independizarnos de la realidad, hemos querido depender únicamente de nosotros mismos y hemos terminado por convertirnos en prisioneros de nuestros propios pensamientos.

Quiera Dios que comprendamos al fin nuestro extravio y rectifiquemos el rumbo. Y si bien es cierto que ya nada se puede hacer para salvar el barco que se hunde, a lo menos nos sea concedido naufragar con dignidad.

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