martes, septiembre 29, 2009

NOTAS 3

Nos habíamos quedado en la demencia de Nietzsche.

Antes que nada una aclaración de sentido. Se dice de Nietzsche que es padre del nihilismo moderno. Esto hay que saberlo entender. Nietzsche es padre del nihilismo moderno no en el sentido de haberlo propuesto como sistema de vida, como ideal. No. Es más correcto afirmar que Nietzsche fué profeta del nihilismo. Lo vió venir. Lo concibió como algo que ocurriría inexorablemente. Para Nietzsche la muerte de Dios que el mismo proclamaba (recordemos su famoso “Dios ha muerto”) era al mismo tiempo la muerte y la decadencia de todos los valores y principios que hasta ese momento habían sustentado a la cultura occidental. En adelante todo ese mundo moral que encontraba su justificación en la trascendencia divina se halla por completo falto de fundamento y condenado a la ruina.

De manera que Nietzsche vió y sintió, talvez mejor que nadie, las consecuencias que se abatirían sobre la humanidad a causa del abandono de Dios. No es que fuera Nietzsche un apologista de Dios, no, al contrario, Nietzsche creía que este nihilismo debía ser apresurado para dar nacimiento a una nueva época, la época del superhombre liberado al fin de todo el peso del socratismo y del cristianismo que hasta ahora cargaba sobre sus espaldas y le impedía alcanzar esa plenitud a la que aspiraba. En efecto, para Nietzsche el mal viene desde los tiempos antiguos.

En aquellos tiempos en que triunfó Sócrates sobre los sofistas, en que la racionalidad triunfó sobre lo instintivo, en que lo apolíneo se impuso sobre lo dionisiaco, (recordemos también la famosa dicotomía usada por Nietzsche a lo largo de toda su obra, entre el dios Apolo y el dios Dionisio). Según Nietzsche esto fué un grave error de occidente. Error agravado luego por el triunfo del cristianismo siglos después sobre la cultura europea. Desde entonces, según Nietzsche, occidente ha venido sufriendo las consecuencias de este error inicial, consecuencias que se han manifestado sobretodo en el sometimiento del hombre, en su disminución, en su represión, en su mutilamiento, en su adormecimiento. Los débiles fueron exaltados mientras que los fuertes fueron doblegados, el superhombre fué perseguido.

Pero ahora que Nietzsche contempla la decadencia de la idea cristiana, del mundo cristiano, la muerte de Dios en las conciencias de los hombres y en las instituciones creadas por estos hombres, ve Nietzsche la llegada de una nueva época, en la que finalmente se verá realizado el ideal humano, el superhombre, aquel que se encuentra más allá del bien y del mal.

Pero antes del triunfo total de esta gloriosa época es necesario atravesar la etapa del nihilismo, fruto del abandono y de la quiebra de los antiguos valores y creencias que daban sustento y esperanza al hombre.

Es así que Nietzsche se nos presenta como un profeta del nihilismo.

En cierta ocasión un amigo cercano me decía que quizá la demencia en que Nietzsche terminó sus días había sido el resultado de contemplar cara a cara y con una lucidez terrible estos días que estaban por venir. Nietzsche vió mejor que cualquier otro los siglos por venir y entonces la demencia se apoderó de él. Esta opinión es muy sugerente, pero estoy seguro de que atraería la animadversión de los biógrafos del filósofo teutón.

Sea lo que fuere lo cierto es que Nietzsche se nos aparece como una figura enigmática e interesante. Sus atisbos del futuro son de una clarividencia abrumadora, sobretodo para quien ha permanecido al corriente de los sucesos de nuestra época. Y en efecto han corrido ríos de tinta, provenientes de autores de las más diversas corrientes de pensamiento, proclamando todos ellos la pérdida total de los valores del mundo moderno. O en palabras de Nietzsche, el nihilismo reinante en nuestra sociedad.

Harán falta algunas meditaciones más para hacer palpable este nihilismo en los hechos.


DE HOC SATIS




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