
El muro que protege el espíritu de los hombres se ha presentado desde tiempos ya desconocidos a la contemporaneidad como inquebrantable, inresquebrajable, imperturbable, estática y solida; esa jaula que resguarda el místico orbe espiritual parece desvanecerse ante la potencia irrisoria de su captivo, es como si la divinidad que le envuelve sea mayor que la colosal corporeidad.
Como si de una daga que atraviese una burbuja se hablara, la muralla resulta inútil, recuerdo de lo imposible y verdugo de la realidad, es reducida a polvo ante el incesante martillear del para nada agotado espíritu. Aseverar esto tan siquiera causaría revuelo en un sinfín de teóricos, que han desconocido tajantemente las manifestaciones de poder de la esencia, único motor del mundo inteligible, pero la experiencia práctica demuestra lo contrario.
No se trata de emprender una Oda a favor de la novedosa y particular Noetica, por el contrario es arrojar sobre ella todo el peso del rigor pragmático, del empirismo renovado y del espiritismo del siglo XXI, la vida se ha encargado de enseñar a los tercos legos de que ciertas personas sin la más mínima intención, perforan el muro custodio y tocan el espíritu, el solo roce entre dos entidades de tal naturaleza y magnitud genera marcas tan desdeñosas, que hacen olvidar a su portador quien realmente es.
El mito ha caído ante los pies de la divinidad, lo que anteriormente eran patrañas o es fuerza y los preceptos de antaño inquisidores, no son más que interpretaciones restrictivas de la naturaleza del ser.

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